miércoles, 27 de noviembre de 2013

Lunes, 17 de julio.

Cerró los ojos, se volvió a la muralla y se quedó dormida. El frío era insoportable, pero nada evitaba que la mirara como todas las noches mientras dormía. Su sueño era profundo. Lo noté por el ruido que provocaba a propósito para comprobarlo. Ese día sentí que era el indicado para realizar mi hazaña.
Después de dos horas más o menos, me las ingenié para ingresar a la casa por la ventana. Finalmente, cumplí mi objetivo y logré comerme el sándwich que dejaba siempre en su velador y no consumía.

Mi estómago dejó de sonar después de dos semanas.

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