Cerró los ojos,
se volvió a la muralla y se quedó dormida. El frío era insoportable, pero nada
evitaba que la mirara como todas las noches mientras dormía. Su sueño era
profundo. Lo noté por el ruido que provocaba a propósito para comprobarlo. Ese
día sentí que era el indicado para realizar mi hazaña.
Después de dos
horas más o menos, me las ingenié para ingresar a la casa por la ventana.
Finalmente, cumplí mi objetivo y logré comerme el sándwich que dejaba siempre
en su velador y no consumía.
Mi estómago dejó de
sonar después de dos semanas.
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